Emergencia climática y la insoportable banalización del mensaje.

Por Álex Martínez Moreno

Arde Australia y mueren más de 1.000 millones de animales (datos de la Universidad de Sidney) entre ellos 28 personas, en medio de una política energética y medioambiental que algunos califican como suicidio climático. Los glaciares desaparecen, el nivel del mar aumenta, Trump retira a los EEUU de los acuerdos de París, la presidenta de la Comunidad de Madrid afirma que la polución nunca ha matado a nadie. Etcétera.

Hace apenas un mes se clausuró la COP25, la cumbre del clima desviada a Madrid por los disturbios en la sede que debía ser pero no fue: Santiago de Chile. Y se cerró con el ridículo más bochornoso que se recuerda en este tipo de eventos: sin abordar seriamente ninguno de los problemas de calado que deberían poner a todos los implicados a trabajar.

Ante una “emergencia climática” declarada por el Parlamento Europeo, cero acuerdos significativos, cero compromisos. Humo mediático y frustración retratada en el rostro iracundo de Greta Thumberg, la persona del año según Time.

Nos encontramos en una era donde todo tiende a banalizarse. Incluidas las palabras. Lo vemos a diario en las redes sociales, en la dialéctica de nuestros políticos, en los medios de comunicación. Golpista, nazi o fascista parecen términos coloquiales de baja graduación. Pronto esta devaluación calará descaradamente en los textos publicitarios, en el lenguaje de las marcas, algunas de ellas ya tendentes a la banalidad por naturaleza.

Emergencia implica peligro real, desastre inminente y acción inmediata. Es una alerta roja, una señal de atención obligada, una alarma que llama a una respuesta excepcional.  ¿Realmente lo sentimos así cuando al nombre “emergencia” se le apellida “climática”? ¿O es un nuevo capítulo de Pedro y el lobo?

Si estamos ante una emergencia, como ya consensúa toda la comunidad científica, ¿por qué se actúa como si solo se tratase de un simulacro? Sí, como cuando suena la alarma en la oficina y todos los empleados salen a la calle, refunfuñando escaleras abajo ante un mero trámite para cumplir con la normativa.

Además de la climática, insoportable e ineludible, estamos asistiendo también a una emergencia terminológica, interesada y manipulada por negacionistas a sueldo. Si perdemos la justa medida de lo que significan las palabras, perderemos las referencias. Cada vez será más difícil tener una idea clara sobre los sucesos, los puntos de vista, las acciones u omisiones, las verdades y las mentiras.

Hay quien afirma que nunca había sido más fácil manipular a las masas como en la era de la información, donde internet nos haría iguales y libres. Lo cierto es que la información está, lo crucial es decidir qué hacer con ella. Y actuar en consecuencia. De cada uno depende mantener el espíritu crítico en modo on.

Por poner un ejemplo, cuando una energética tan influyente como Endesa compra todas las portadas de los principales diarios la jornada inaugural del COP25, nuestro es el poder de creer que son un abanderado de la ecología o que sus esfuerzos de greenwashing no van a enmascarar que siguen siendo la empresa más contaminante del país, con clasificación F en impacto medioambiental (el grado máximo es G) tanto en emisiones de dióxido de carbono como en generación de residuos radiactivos de alta actividad, que solo un 4,9% de la energía que comercializan procede de renovables y que es la responsable del 10% de las emisiones de CO2 de toda España.

Comercializadora de referencia: Endesa, enero 2020.

Las marcas que consumimos necesitan que las elijamos para subsisitir. A nuestros gobiernos los votamos nosotros. Así que, como consumidores, tenemos más influencia de la que creemos. El activismo comienza en tu bolsillo, como escribe Enrique Dans.

Si aceptamos estar ante una emergencia, la inacción es solo el preludio del desastre. Pero si decidimos no actuar, al menos dejemos de banalizar el término.  Suicidémonos si así lo queremos. Pero llamemos a las cosas por su nombre. El pensamiento es libre, el significado de las palabras no.

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