Por Alex Martínez Moreno
47 segundos. Ese es el tiempo que, de media, alguien te concede antes de decidir si mereces existir o no en su pantalla. No en su vida. En su pantalla.
Hace veinte años eran dos minutos y medio. Hoy son cuarenta y siete segundos. Mañana será un parpadeo. Y pasado mañana, una vibración en el bolsillo.
No es una metáfora. Es un dato. Y como todos los datos incómodos, explica demasiadas cosas.
La velocidad como coartada
Vivimos acelerando contenidos como quien acelera audios de WhatsApp para llegar antes a ninguna parte. Speedwatching lo llaman. Ver series a 1,5x. Escuchar podcasts como si fueran prospectos médicos. Leer titulares sin cuerpo. Casi pensar sin pensamiento.
El cerebro —dicen— lo soporta. Entiende. Procesa. Aguanta.
Claro que aguanta. También aguantamos el fast content. Y el fast food. Otra cosa es que alimente.
Porque la pregunta nunca fue si podemos consumir más rápido.
La pregunta es para qué.
Contenido para rellenar huecos (no cabezas)
El 45% de los usuarios de redes sociales reconoce que las usa “para rellenar el tiempo libre”. No para aprender. No para disfrutar. No para comprender. Para rellenar.
El contenido ha dejado de ser experiencia de valor para convertirse en material de relleno. Como el poliestireno de una caja de envío: ocupa espacio pero no aporta peso.
Ya no importa la calidad. Importa el impacto.
No importa la profundidad. Importa el engagement.
No importa lo que propone. Importa que no puedas soltarlo.
Hemos cambiado el criterio editorial por la dopamina.
Y luego nos sorprende el empacho.
Scroll infinito. Reproducción automática. Notificaciones constantes. Microvídeos diseñados para no terminar nunca.
No es casualidad. Es arquitectura.
Las plataformas no compiten por tu tiempo: compiten por tu atención fragmentada. Y la fragmentación es rentable porque no exige compromiso, solo reflejos.
Cada like es una palmadita química. Cada swipe, una promesa. Cada interrupción, un alivio momentáneo de no tener que pensar demasiado.
El problema no es que nos distraigamos.
El problema es que estamos aprendiendo a evitar la profundidad.
Profesionales con atención de pez (pero con máster)
Decidir en 1,7 segundos si algo merece tu interés no es eficiencia. Es precariedad cognitiva.
¿Qué pasa cuando esa lógica entra en el trabajo?
Propuestas que no se terminan de leer.
Estrategias pensadas en titulares.
Ideas que no sobreviven a la primera incomodidad.
Creatividad sin paciencia.
La gratificación inmediata es incompatible con el pensamiento complejo. Y el pensamiento complejo es incompatible con la prisa constante.
Pero seguimos acelerando. Porque parar incomoda.
La ironía perfecta
Un medio diseñado para conectar nos ha llevado al déficit de atención distribuido.
Leemos menos.
Pensamos menos.
Escuchamos peor.
Y escribimos como si todo fuera un copy de Instagram.
La atención sostenida —leer un texto largo, seguir un argumento, una reunión o una clase, construir una idea— empieza a parecer un rasgo exótico. Casi vintage.
Y, sin embargo, será una ventaja competitiva (si no lo es ya) especialmente en una generación entrenada en la impaciencia.
El verdadero reto no es captar atención
Cualquiera puede captar atención hoy. Basta con gritar. Con escandalizar. Con una hipérbole afortunada.
Lo difícil es merecerla.
Lo difícil es seguir un hilo argumental cuando todo invita a cortarlo.
Lo difícil es ser relevante sin recompensas inmediatas.
Lo difícil es pensar cuando nadie te aplaude en tiempo real.
Las mejores ideas -igual que las relaciones verdaderas- no nacen del estímulo cambiante y apremiante, sino de la paciencia. De la conexión profunda. De saber escuchar. De saber mirar. De pararse a pensar en el qué y en el cómo.
La atención no está muerta.
Está siendo mal educada.
El cerebro, igual que tantas otras partes de nuestro cuerpo, también se entrena. El verdadero reto es cómo… y para qué.
